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Enviado por: Lufloro87 Ver más artículos
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Elogio del caballo
Enviado en: 20-10-2013

El poeta chileno Gonzalo Rojas (1917-2011) impartió la clase de teoría literaria en alguna universidad de los Estados Unidos. En cierta junta de profesores, mientras todos hablaban inglés y él se aburría terriblemente, escribió las siguientes once líneas:




¿Qué significa “todo esto”? ¿Al fondo de qué? ¿De toda conversación inútil? ¿De toda esta mundanidad predecible? ¿Qué habría sucedido si este poema se hubiera desarrollado en un ámbito ajedrecístico? Uno de los caballos blancos, en pleno desarrollo de la partida, quedó aislado, digamos en H1. Ahí está, al fondo de todo el juego; duerme, está preocupado por la situación, espera algo. Hay una latencia incuestionable, existe en su quietud el pulso de la velocidad: con sólo dos movimientos llegaría al centro del juego, dominando ocho puntos a la vez.

El caballo es la figura más expresiva; los cuatro del ajedrez ejecutan la danza en el tablero, son la entidad chispeante, el de repente, lo que salta con espontáneo salto, la sorpresa. El silencio del caballo sobresale ante los otros silencios; tal vez por su forma, por sus ojos, por la manera en que avanza. Tal vez su expresividad sea consecuencia de su carácter imprevisto: duerme al fondo de todo esto y de pronto galopa y cuando galopa amenaza a dos o tres piezas desde un mismo cuadro. Puede proteger al rey de un jaque, pero ninguna pieza podrá protegerse del caballo; ningún soldado se cubrirá de la amenaza equina; habrá que mover la pieza intimidada o contraatacar.

Lo que distingue al caballo es el salto, ese movimiento matemático, flexible aunque metódico, recto y rotatorio, movimiento disidente. Es fácil explicar cómo se mueven las demás piezas. El caballo no, el caballo tiene su invariable ruta. Camina dos cuadros y después se gira como si se arrepintiera, como si buscara distraer la partida. Va para adelante, luego da la vuelta. Este dar la vuelta es un prodigio casi bailarín: uno, dos, a la izquierda; uno, dos, a la derecha. Siempre del cuadro blanco al cuadro negro, del negro al blanco. Sentirán envidia los alfiles, ellos que solamente saben desplazarse en un mismo color de las casillas. Sentirá envidia la dama, ella que puede moverse como cualquier otra pieza, menos como el caballo.

No creo haber sido el único niño al que le gustaba transformarse en un caballo de ajedrez cuando había un piso cuadriculado. Ese desplazamiento en “ele” me divertía mucho; el patio se tornaba un tablero de ajedrez que yo lo recorría con un trote categórico; buscaba llegar a cada uno de los cuadros, sin temor de ser comido. El ajedrez del piso era el juego para una sola figura: el caballo que yo era. Esa alegría cabalgante sólo la he experimentado otra vez cuando conseguí realizar el ejercicio del “caballo loco”: un viejo problema donde el caballo debe recorrer las 64 casillas del tablero sin repetir ninguna de ellas. Cuando logré completar todo el tablero, supe que ninguna otra pieza me despertará tan grande fascinación.




La última particularidad del caballo, y quizá la más encantadora, es su única silueta. No hay otra figura en el ajedrez que sea tan transparente en su fisonomía. Ni la torre es tan prototípica. Por supuesto, el caballo del ajedrez no es de cuerpo entero, es sólo la cabeza, símbolo de todo el poderío que representan estos animales. Ninguna otra pieza tendrá una postura tan firme en el ajedrez; los caballos apuntan hacia el frente casi como proyectiles. Existen ajedrecistas que prefieran colocar sus caballos de forma ladeada, es decir, como si fueran cómplices y se miraran entre ellos, en lugar de observar al enemigo. Sería interesante colocar a los caballos de un mismo bando de tal manera que se dieran la espalda, o ¿qué pasaría si los pusiéramos de modo que le dieran la espalda a todo el juego?, tal vez esa rebeldía pueda causarle un susto al contrincante.

La soltura equina se advierte cuando la contienda va por la mitad. Entonces los caballos se desplazan, son más peligrosos, pueden deshacer la protección de un monarca enrocado. Cambiar un caballo por un alfil resulta más tormentoso que intercambiar las damas, puesto que una partida sin caballos es una partida sin música, es una guerra menos lúdica, menos imaginativa. Cuando un caballo logra llegar al final del partido, se vuelve majestuoso, destaca más que el resto de las piezas sobrevivientes. Dar jaque mate con un caballo significaría una especie de coronación; sería demostrarle al rey que ese movimiento delirante del caballo es superior a su corona. El caballo es el loco del tablero. Facha de loco, sabe que es el rey.


[Artículo escrito por: Luis Flores Romero. Twitter: @lufloro]


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MiguelLopez888
excelente articulo, me ha gustado mucho..te invito a mi página y conviertete en el proximo ganador. un saludo a todos!bendiciones. www.bimlatinomex.com  
 
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