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¿Quién te hizo la vida a cuadros? Tú mismo
fuiste. Un día, el ajedrez salió más allá del tablero y de las piezas. Tu
afición ha causado que te insertes en una gran partida. Estás contagiado de
ajedrez y el ajedrez ha contagiado toda tu realidad. Todo lo observas con ojos
de ajedrecista, tu entorno se parece más y más al juego que te obsesiona. Nadie
mejor que tú sabe que las complicaciones mundanas son problemas ajedrecísticos;
esto te ayuda a valorar el recorrido que haces en sesenta y cuatro cuadros o en
la geografía donde vives. Nadie podrá nunca describir la sensación que
experimentas cuando das un jaque, amenazas una torre o haces un doblete. Es
verdad, ese placer también implica el riesgo de una afrenta o incluso la
derrota. Implica también la probabilidad de algún fracaso. Por ello, en cada
partida aprendes algo nuevo, controlas mejor tu ejército. Te gusta diseñar planes
y escapatorias; piensas cuidadosamente, uno por uno, tus desplazamientos.
Despiertas y lo
primero que miras es una apertura en tu colcha cuadriculada. Sales a la calle casi
siempre con tu peón de rey o peón de dama; los primeros movimientos ya los conoces
de memoria. Abordas el transporte público y vas con un silencio que no es el de
los otros usuarios; tu silencio es una partida mental que estás jugando contra
ti mismo. De pronto, ves por la ventana del autobús y te abruma descubrirte a
mitad de un embotellamiento, una partida bastante apretada –piensas– ningún
jugador ha capturado alguna pieza. Volteas un poco más hacia arriba y adviertes
los edificios, imaginas que están a punto de moverse en hileras o columnas;
sería bueno trasladar el más alto de ellos de A8 a H8 para que tapara
el sol que te está dando a la cara. Sería mejor subirte al monumento que se ve allá
al fondo y, arriba de él, avanzar en “ele”, saltar cuanto objeto se interponga.
Después miras a los peatones que esperan otro autobús, ellos están inmóviles, piensan
tal vez en la coronación o en una típica defensa que les permita cortar camino
y llegar a tiempo. En cambio tú has llegado tarde a la escuela o al trabajo; el
ajedrecista debe ser un impuntual; de otra manera, cometería múltiples errores
durante el juego (aunque también has aprendido a dominar el arte de las
partidas rápidas, sabes ganarle al reloj cuando está a punto de ceder).

Llega un momento del día
en que te sientes aislado. ¿Hacia dónde moverte? No puedes moverte a ningún
sitio. Habrás de quedarte estancado durante un par de horas en tu casilla, salón
o escritorio. Después, cuando nuevamente salgas a la luz, puede llegar un
tropiezo, un jaque, y otro, y otro. O tal vez no, acaso desde un principio
hayas hecho grandes maniobras y ahora seas tú el que ataca, el que pone
obstáculos a los que consideras enemigos. Porque así sucede siempre: vas a
tener que lidiar con piezas más altas que tú, incluso algunos quizá te fastidien
más de la cuenta, quieran acabar contigo a como dé lugar. Lo peor es que no
desean aniquilarte sólo por maldad hacia tu persona, sino porque pretenden acabar
con alguien que ellos suponen más valioso, y tú les estorbas en dicha tarea. Por
fortuna, también cuentas con aliados y con un plan para evitar ser comido. Eres
un ajedrecista y los problemas que se te presentan puedes resolverlos no sólo
con inteligencia de aficionado, sino también con la destreza y elegancia que el
ajedrez te da.
Cuando por fin tienes
tiempo libre y contrincante, anularás todo lo que has vivido para, ahora sí,
sólo jugar ajedrez. Sabes poner cara de ajedrecista, es algo que disfrutas.
Recién comienza la partida y tú ya has fruncido el ceño, colocas tu mano en la
barbilla, respiras casi imperceptiblemente, gesticulas poco. Tienes una
paciencia de pescador. Aunque por fuera eres un paisaje en calma, por dentro
haces y deshaces posiciones, pruebas y descartas múltiples avances, retiradas,
embestidas o sorpresas. En realidad, no estás concentrado en el tablero de
ajedrez, no miras el juego, sino las posibilidades del juego, lo que pudiera
venir. Mueves tu brazo y tu brazo está decidido a mover una pieza; desplazas un
alfil y ese movimiento es como si deslizaras el cierre de una bolsa que oculta
la más valiosa de tus jugadas. O mueves un caballo y, si el ajedrez es de
madera, el caballo produce un chasquido breve que el contrincante lo interpreta
como la víspera de una emboscada. Cuando terminas de mover la pieza (si es que
no te arrepentiste y alejaste la mano del tablero como quien se aleja de un
tubo cargado de electricidad) tu mano ya no está en la barbilla, ahora descansa cerca de tu sien. El juego se ha
complicado y tu rostro adquiere mayor dureza; es como si la atención se
tradujera en tensión facial. Tu angustia, poco a poco, deja de esconderse; ya
no puedes fingir más parsimonia. Es imposible ocultar el padecimiento que te
cuesta salir de una amenaza que no habías calculado. Te esfuerzas por resolver
el nudo en el que te han metido, tu gesto denota una habilidad de matemático o
una imaginación de dibujante. Pero no estás frente a una acuarela o una ecuación,
sino frente a un ejército dispuesto a liquidarte. A la mitad de la guerra, tu
cara es la de un alpinista que lucha en cada movimiento; sudas, sacas aire por
la boca, haces muecas, tienes miedo de caer al precipicio. De repente la
partida toma un giro brusco y en cuatro o cinco jugadas el rey del flanco
opuesto ha sido derrocado.

Tal vez inicies otra contienda,
sólo para probar que tu victoria no fue producto de la suerte sino de tu
vocación y afición. O tal vez con eso has tenido suficiente para componer el
día, solucionar todo aquello que te acorrala, las dificultades pendientes, la
pesadumbre de la que tal vez mañana puedas aliviar intercambiando alguna pieza.
Por lo pronto, estás satisfecho. Disfrutas que tu vida se sostenga en ese mundo
a cuadros. Te sientes protegido, sereno, enrocado, triunfante. Descansas debajo
de un tablero: tu colcha ajedrezada. ¿Duermes? No. Estás a punto de soñar y de
golpe llega a tu mente un problema que no has resuelto. Un mate en tres te está
matando y no has dado con la respuesta. [Artículo escrito por: Luis Flores Romero. Twitter: @lufloro]
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